Era una fría tarde del mes de abril, ella mira su reloj, un
reloj plateado que poco se ajustaba a su muñeca, observa la hora y marca las
5:13 p.m. lleva consigo un maletín azul oscuro fabricado en lona y tela, el mismo
que combinaba con su vestido azul claro y unas zapatillas en charoladas; toma con una mano, algo
huesuda pero delicada y bien conservada, las llaves que posteriormente le
ayudaran a abrir la puerta de madera que se encuentra justo frente a ella. Con
un movimiento lento y algo tembloroso deposita las llaves color cobrizo en el
cerrojo de la puerta, la misma que casi de forma automática emite un graznido
producto de sus bisagras oxidadas.
Cuando ingresa observa las mismas matas con
helechos, azucenas y orquídeas que le evocaban el olor a humedad de un jardín
mal cuidado, cierra con pausada prudencia la puerta y enciende las luces, al
instante fija su mirada en unas escalas de madera que la conducen hacia la
planta superior de la residencia, un silencio casi sepulcral la sacude y la
deja lívida ante un espacio casi profano que no desea escudriñar. De repente un
estrepitoso maullido sacude su conciencia y entonces recuerda a Manuela, se quita los zapatos que algo la
maltratan, siente como la madera amortigua su piel, se acerca a las escaleras y comienza a subir despacio
silenciosamente. Mientras sube piensa en
ella, en Manuela, le atemoriza no encontrarla, si la encuentra no sabe como
acercársele, pero mientras esto sucede algo empaña su mirada, hay un gato de
color pardo justo donde terminan las escaleras, la observa sigiloso y tímido,
pero ella se siente juzgada, siente que esos ojos azules iguales a su vestido
la esperan ansiosos de juzgarla y atacarla.
El gato pega un brinco y pasa justo por su
lado, desciende las escaleras y la olvida dejándola atrás, ella respira
tranquila pero acelera el paso tratando de llegar a su destino, quiere encontrar a Manuela,
sube y abre una puerta que le es muy conocida, sin embargo lo que sus ojos
encuentran adentro no es lo que ella esperaba, hay eses de gato, olor a orín y
sabanas tiradas en el piso, se agacha temblorosa y observa bajo una cama
destartalada y vieja; ahí sus ojos aterrorizados encuentran a Manuela,
ultrajada por el gato, mordida y desparpajada, su cabello esta enredado cuando
siempre estuvo ensortijado, su piel esta sucia y bastante fría, sus ojos están
cerrados y su boca ya no enmarca la típica sonrisa que la caracterizaba; en ese
instante sus ojos se enlagunan por las lagrimas, la agarra fuerte con sus manos
huesudas y la lleva estrepitosamente contra su pecho, se levanta llorando de
aquel lugar y sale hacia un corredor igual de húmedo y silencioso; al final del
pasillo hay un espejo, ella con Manuela entre sus manos se observa en este y
descubre que su rostro también tiene arrugas, que los años han hecho estragos
en su mirada y que su cabello ya no esta tan sano.
Revisado ;)
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