viernes, 3 de mayo de 2013

Memorias de una tarde de Abril


Era una fría tarde  del mes de abril, ella mira su reloj, un reloj plateado que poco se ajustaba a su muñeca, observa la hora y marca las 5:13 p.m. lleva consigo un maletín azul oscuro fabricado en lona y tela, el mismo que combinaba con su vestido azul claro y unas zapatillas  en charoladas; toma con una mano, algo huesuda pero delicada y bien conservada, las llaves que posteriormente le ayudaran a abrir la puerta de madera que se encuentra justo frente a ella. Con un movimiento lento y algo tembloroso deposita las llaves color cobrizo en el cerrojo de la puerta, la misma que casi de forma automática emite un graznido producto de sus bisagras oxidadas.

Cuando ingresa observa las mismas matas con helechos, azucenas y orquídeas que le evocaban el olor a humedad de un jardín mal cuidado, cierra con pausada prudencia la puerta y enciende las luces, al instante fija su mirada en unas escalas de madera que la conducen hacia la planta superior de la residencia, un silencio casi sepulcral la sacude y la deja lívida ante un espacio casi profano que no desea escudriñar. De repente un estrepitoso maullido sacude su conciencia y entonces recuerda  a Manuela, se quita los zapatos que algo la maltratan, siente como la madera amortigua su piel, se acerca  a las escaleras y comienza a subir despacio silenciosamente.  Mientras sube piensa en ella, en Manuela, le atemoriza no encontrarla, si la encuentra no sabe como acercársele, pero mientras esto sucede algo empaña su mirada, hay un gato de color pardo justo donde terminan las escaleras, la observa sigiloso y tímido, pero ella se siente juzgada, siente que esos ojos azules iguales a su vestido la esperan ansiosos de juzgarla y atacarla.

El gato pega un brinco y pasa justo por su lado, desciende las escaleras y la olvida dejándola atrás, ella respira tranquila pero acelera el paso tratando de llegar  a su destino, quiere encontrar a Manuela, sube y abre una puerta que le es muy conocida, sin embargo lo que sus ojos encuentran adentro no es lo que ella esperaba, hay eses de gato, olor a orín y sabanas tiradas en el piso, se agacha temblorosa y observa bajo una cama destartalada y vieja; ahí sus ojos aterrorizados encuentran a Manuela, ultrajada por el gato, mordida y desparpajada, su cabello esta enredado cuando siempre estuvo ensortijado, su piel esta sucia y bastante fría, sus ojos están cerrados y su boca ya no enmarca la típica sonrisa que la caracterizaba; en ese instante sus ojos se enlagunan por las lagrimas, la agarra fuerte con sus manos huesudas y la lleva estrepitosamente contra su pecho, se levanta llorando de aquel lugar y sale hacia un corredor igual de húmedo y silencioso; al final del pasillo hay un espejo, ella con Manuela entre sus manos se observa en este y descubre que su rostro también tiene arrugas, que los años han hecho estragos en su mirada y que su cabello ya no esta tan sano.

Aprieta a Manuela contra su pecho como buscando con ello devolver los años perdidos, recuerda en ese momento el día en que su madre se la obsequia y todos los instantes que compartió con su muñeca; esa misma muñeca que dejo olvidada junto a su madre el día en que pensó que ya era grande. Hoy de regreso a su casa y luego de enterrar a su madre, Teresa una mujer de 43 años, llega a su casa para rencontrar  a su muñeca Manuela, pero recuerda que su infancia ya estaba tan lejana como aquel gato que ni siquiera sabia que poseía su madre. 

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